
Crimen de San Vicente: cuando la realidad supera a la ficción
Por María Victoria Dentice
Hay momentos en los que la literatura se codea con la vida. Suelen ser momentos inolvidables, espeluznantes también, como la muerte que también se define por estos atributos. Un niño ahogado en el jacuzzi del barrio privado de San Vicente por una fría mano ejecutora, parece asunto de literatura macabra. Quién puede ser capaz de estrangular a un niño sin que le tiemble el pulso, pensamos y esa sola pregunta nos hiela la sangre. Decimos en voz alta, no podría ser posible, pero se vuelve posible a veces y una nueva respuesta, tan escalofriante como el hecho en sì mismo, asoma: una madre podría ser capaz. Y tiene lógica, la madre, ese ser capaz de dar vida tiene también, casi por derecho natural, la potestad de dar muerte.
Los detalles que echan luz a la escena del crimen nos hablan un poco de esta mujer: un frasco de pastillas antidepresivas vacío tirado a un costado, sus propios brazos cortados con una sevillana manchada de sangre, un mensaje escrito en aerosol de colores dirigido a su ex marido con el signo inconfundible de la venganza (“Traidor, te lo mereces”). Hay antecedentes en la literatura de un horror semejante, en el libro de la escritora austríaca ganadora del premio nobel, Elfriede Jelinek, Deseo, en el que se cuenta la tragedia de una mujer de clase alta que, presa de la infelicidad de su matrimonio, termina ahogando a su propio hijo como venganza por la indiferencia de su marido a ella como ser humano, como persona, haciéndole pagar el arbitrario costo de su infelicidad para así alcanzar por fin una libertad que sabe, de suyo, inalcanzable. Dice Jelinek:
La madre lleva en brazos al niño; después, cuando se cansa, lo arrastra tras ella. Bajo el delicado vestido de la Luna. Ahora la mujer está junto al arroyo y, contenta, un instante después hunde al niño en él. Un hermoso silencio hace señas, y también los deportistas se hacen señas en cualquier ocasión, si es que hay público para verlas. Ahora, en contra de lo esperado, las cosas han salido de tal modo que precisamente el más joven de la familia será el primero en ver el estúpido rostro de la eternidad, detrás de todo el dinero que, para comprar, corre libremente por la Tierra cuando no lo lleva a alguien de la mano(…).
El agua ha acogido al niño y se lo lleva, mucho tiempo después quedará mucho de él, con este frío. La madre vive, y su tiempo, en cuyas cadenas se envuelve, ha culminado. Las mujeres envejecen pronto, y su error es que no saben dónde esconder todo el tiempo que hay detrás de ellas para que nadie lo vea. ¿deben tragárselo, como los cordones umbilicales de sus hijos? (…)
No alcanza la locura como justificativo del horror, es como decir que cualquier semejanza con la realidad no es pura coincidencia. En última instancia, no es muy distinta la opresión literaria de la real. Como un mounstruo, esos que son posibles en los libros de cuentos, una mujer que vivía en un country, optó por tragarse, para apaciguar su angustia, la opresión, no sólo el cordón umbilical de su hijo, sino un frasco lleno de antidepresivos y a su hijo entero.

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